Testimonio de Maribel (Madrid) y relato de su vuelo

Madrid, octubre-2017

 

Mi nombre es Maribel. Mi hijo decidió marcharse el 13 de mayo de 2017, tras años de dolor y sufrimiento que siempre ocultaba con una sonrisa. Su partida me dejó sumida en un estado del que únicamente puedo describir el fuerte deseo de saber cómo estaba y dónde se encontraba. A través de un familiar logré contactar con José Luis de La Rica y junto a él y a una amiga suya que había tenido experiencias cercanas a la muerte hice mi primer vuelo, el día 4 de julio de 2017.

Ese día, aunque intentaba seguir el vuelo, solo conseguí llorar y llorar y a duras penas pude seguir la meditación porque la ausencia de mi hijo  era mas fuerte que yo; sin embargo, ayudado por José Luis  y por su amiga, me transmitieron que mi hijo se encontraba bien, que era feliz y que estaba rodeado de “personas” que le querían. Gracias a ellos regresé a casa con un poco de paz y con muchas esperanzas de seguir buscándole.

Yo no soy creyente, digamos que la religión no era un tema que me preocupaba; no sentía necesidad ni de creer ni de no creer, pero desde la partida de mi hijo el día 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, he sentido la necesidad de pedirle a la Virgen que le cuidara y, al mismo tiempo, de establecer contacto con él para asegurarme de que realmente está bien, porque las dudas te devoran. Todos me dicen que físicamente no podré volver a abrazarle, ni besarle, ¿o sí?, ¡yo no estoy segura!, porque no pierdo la esperanza y como soñadora que soy, sigo con la idea de  lograrlo.

Desde el día en el que realicé mi primer vuelo, 4 de julio en casa de José Luis hasta el segundo , el 23 de septiembre, me dediqué a leer libros y a ver vídeos que me ayudaran a comprender el porqué se había ido y si yo hubiera podido evitar, de alguna manera, tanto su sufrimiento como su partida. El camino no es fácil, pero el deseo de contactar con él te va guiando poco a poco a ir dando pasos.

He de añadir que escuchar música que te relaja, saber decir a tu cuerpo que descanse y pedir a tu mente que te permita soñar es tarea que se va consiguiendo con la práctica personal y , desde luego, con la ayuda inicial de personas buenas que me he ido encontrando. Para ello, días antes del 23 de septiembre escuché vuelos dirigidos por José Luis, quien tiene la cualidad y facilidad de guiarte de forma natural, cariñosa, creativa y también muy campechana, lo cual ayuda mucho.

Este es el relato de mi experiencia de “el vuelo de la mariposa” que hice por skype el 23 de septiembre de 2017:

Ese día conseguí seguir la meditación y dejé que mi mente fuera libre. En mi vuelo siempre están mi marido y mi hijo, de hecho, somos los tres adolescentes que me imagino van a pasar el día al campo despreocupados de todo. Ellos van vestidos de calle; mi hijo con sus pantalones slim ajustados, zapatillas, su camisa y su corbata; mi marido con pantalones cortos, un polo y zapatillas blancas y, yo, con un vestido negro y descalza. Lo primero que hacemos es abrazarnos durante un rato largo, el suficiente para sentir nuestro calor; después formamos un círculo uniendo nuestras manos y miramos al sol, imaginando que un rayo se proyecta desde arriba y alcanza cada uno de nuestros corazones, permaneciendo así hasta que cada uno de nosotros va desapareciendo. Es entonces cuando me quedo sola y viene a mi mano una semilla brillante de la que van creciendo tallos verdes y flores de muchos colores. Lo abrazo, lo acaricio y después de susurrarle que me voy a ir a explorar el sitio donde estoy, lo dejo en el suelo plantado, pero no se queda solo, lo dejo cuidado por el perrito que mi hijo nos dejó.

A medida que me voy alejando del ramo y acercando al bosque de color verde oscuro, va apareciendo un árbol de un verde clarito, tronco esponjoso y muy mimoso; permanecemos en silencio y después él me sube a su copa; le doy las gracias y me ofrece una cesta llena de polvo de estrellas. Comienzo a mirar el horizonte

A partir de este momento y en este segundo vuelo, todo lo que relato a continuación surgió de forma espontánea de mi mente sin que yo lo evocara. El paisaje  es casi siempre verde y digo casi siempre porque no veo un único sitio, sino lugares difusos y cambiantes.

De repente veo muchos árboles  y praderas  muy verdes, como cuando tienen abundancia de agua, pero sin apenas pasar unos segundos se convierten en montañas nevadas o en paisajes que tienen un río muy largo que discurre  entre montañas o, de repente se torna todo azul donde se fusiona el cielo con el mar. Todo cambia rápido, nada queda quieto.

Comienzo a volar sin prisa, lentamente,  sobre la pradera y como por arte de magia  viene un animalito: “es Bambi“, pero no es real, ¡ es un dibujo animado ¡.  Es como si le hubieran perfilado la silueta con un rotulador brillante y pintado el cuerpo de color blanco su lomo y su cabeza y el resto del cuerpo de un azul clarito mezclado con blanco brillante. Emite luz y cuando nos acercamos el uno al otro, no hablamos, sólo permanecemos en silencio. Las palabras no son necesarias, no las necesitamos, sólo observamos juntos el paisaje que continúa cambiando rápidamente. Bambi no puede volar,  pero no importa, derramo parte del polvo de estrellas al aire y al momento se construyen unas escaleras de peldaños resplandecientes. Comenzamos a subirlos y cuando estamos en el último,  llegamos a un mirador. Frente a nosotros,  hay un  río que se pierde entre las montañas. Nos sentamos y miramos;  le acaricio,  es muy mimoso,  como el árbol, y la compañía mutua nos regala paz. El sueño continua sorprendiéndonos porque aparece un conejito que a diferencia de Bambi, ¡ si es real ¡; entre ellos parece como si ya se conocieran. Seguimos los tres en silencio, pero sentimos la necesidad de continuar el camino y vuelvo a espolvorear polvo de estrellas; ahora sí, los tres podemos volar y emprendemos viaje hacia el paisaje lleno de montañas, ríos y flores. Aparece un túnel y nos adentramos en él; es largo y estrecho pero también con mucha luz. Al final de este túnel vemos el árbol que me subió a su copa y un poco más adelante, chiquititos, muy chiquititos, vemos al ramo de flores junto al perrito de mi hijo. Los dos están tranquilos. Nos acercamos a ellos y el perrito corre a saludar al conejito y a Bambi; parece que también se conocen porque todos mueven su rabito. Dejamos de nuevo el ramo y al perrito y continuamos nuestro viaje para seguir explorando lugares que el sueño y esta aventuran me siguen regalando.

El silencio y su presencia me calman, es como si no hiciera falta nada más, pero tras este tiempo de paz, siento que debo despedirme de ellos y volver. Se alejan y yo regreso de nuevo, sobrevolando el árbol amigo,  al lugar donde está el ramo de flores; el perrito lo ha cuidado muy bien porque ambos se sienten felices y éste olisquea el ramo suavemente; le digo que es hora de regresar a casa, que lo ha hecho muy bien y que es “un buen cuidador de ramos de flores”.  Recojo el ramo con suavidad como si fuera un bebé, lo abrazo y le explico que tengo que volver con mis dos  amigos, mi hijo y mi marido. El ramo lo comprende y lo entiende y, muy lentamente, va replegando sus ramas y flores hasta quedar de nuevo dentro de la semilla que está situada en la de mi mano.

Me acerco al círculo donde han vuelto a aparecer mi marido y mi hijo. Nos abrazamos los tres y en ese mismo momento la semilla salta de mi mano y se introduce en los tres corazones. Es hora de despedirse,  ninguno queremos, pero no tenemos pena porque sabemos que volveremos a vernos.

Con las manos unidas levantamos la cabeza hacia el cielo y observamos como el rayo de luz brillante que nos une a los tres va desapareciendo, se eleva hacia el cielo cerrándose el círculo y dando paso a un cielo azul. Tenemos que despedirnos de nuestro hijo, así que lo abrazamos de nuevo y lo dejamos partir; se aleja, nos dice adiós con la mano y se adentra en el bosque. Su padre y yo nos quedamos mirando hasta que desaparece, nos damos la mano y nos vamos junto al perrito para emprender el camino de vuelta a casa.

No sé si Bambi es mi hijo, pero no siento necesidad, no tengo prisa en este vuelo por saberlo, quizás porque tengo miedo, no lo sé.  Quiero creer que si Bambi es él, sabrá cuando decírmelo, él escogerá el momento adecuado para hacerlo.

 

¿Qué es vuelo de la mariposa para mí?

Es un lugar lleno de amor, calma y paz donde se percibe y siente que se recogen todos los momentos de cariño que hubo con mi hijo en su paso por la Tierra, un lugar donde no hay que pedir perdón, un lugar donde siento que lo que nos une es más fuerte que lo que nos separa, aunque sé que cuando el vuelo termine voy a anhelar sus abrazos y sus besos y eso me sigue sumergiendo, hoy, en el dolor.

El vuelo me está ayudando a ir intuyendo que es lo que quiero o puedo hacer ahora que él ya no está, a verme tal como soy………¡¡ también surgen dudas, inquietudes y muchas preguntas que espero se vayan resolviendo !!. Aunque aún, hoy, cuatro meses después sin su presencia física, sigo sin poder evitar que vuelvan las lágrimas y el sentimiento de vacío que dejó su partida, el vuelo me ayuda a “intentar” no ser egoísta, a pensar y a repetirme una y otra vez, que si EL ESTA BIEN Y ES FELIZ, yo no debo de estar triste; al contrario, debería esforzarme por sonreír como él lo hacía, por luchar como él luchaba, a ser VALIENTE como él lo fue y a recobrar las ganas de VIVIR como las que, seguro, él sigue teniendo ahora.

Para quien vaya a leer este relato, practicad y repetid el vuelo con vosotros mismos tantas veces como podáis y si tenéis ocasión de leer el libro “La muerte no existe” de Jocelyne Ramniceanu, os lo recomiendo; ella explica y detalla muy bien su experiencia con el vuelo; al igual que muchos de nosotros perdió a un ser querido, su hijo.

Sin duda, esta experiencia en la Tierra es la más dolorosa vivida por mi marido y por mí a lo largo de nuestra existencia y ha marcado un antes y un después. Cada día que pasa es un día menos de espera para reunirnos allá donde TODO se ve y se VIVE de otra manera.

¡Gracias José Luis¡, por haberme ayudado en este momento tan difícil haciendo un viaje tan bonito  en el “vuelo de la mariposa

 

 

 

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