Relato del vuelo de Marisa

Os quiero contar lo sucedido con la última experiencia.

Se puso en contacto con nosotros una madre cuya hija (GLORIA) falleció en febrero del 2004. Le dije que ella no estaba apta para mantener el contacto a causa del sufrimiento que la embargaba. Le sugerí que lo hiciera otra persona allegada y así fue que lo hizo una hermana de esta mujer.

La experiencia fue fantástica (como casi siempre), pero en este caso fue especial porque esa señora es muy espiritual.

Pues bien, lógicamente quedan muchas dudas de la realidad o no del contacto, sobre todo si no ha aparecido ninguna cosa que nos pueda hacer deducir que el contacto ha sido real.

Diez días después vinieron con una amiga de la familia para volver a hacerlo. Esta mujer, como un mes después me dijo “no creía que era posible conectar con el mundo de los muertos, si lo hubiera creído no lo habría hecho porque le hubiera dado pánico”.

Cuando esta mujer alcanza el otro plano, lo primero que ve es una puerta de madera. Una puerta antigua que describe fielmente. Tras la puerta había un habitáculo y allí, sentada en una silla se encontraba una niña de unos 8 ó 9 años. La describe perfectamente. Cuando la niña ve a esta mujer empieza a llorar desconsoladamente y esta señora llora también con mucha pena. Abraza a la niña y le preguntamos que por qué llora. Dice que es que está muy sola. Le preguntamos que cómo se llama y nos dice que se llama Mercedes. Le digo si sabe que ha muerto y dice: “No sé, …yo estoy aquí…”. Entonces trato de convencer a la niña para que se vaya con esa mujer, pero ésta me dice que ya se ha agarrado a su brazo y que no la suelta. La niña está más tranquila y la señora también. Así por fin nos vamos de esa casa, de la que sólo había visto la puerta de entrada.

Tras salir de la casa y caminar un poco alcanza a ver un pueblecito a lo lejos. Le digo que se dirija hacia él y, cuando van de camino, ve venir corriendo desde ese pueblo a una señora vestida de negro riguroso. Cuando está más cerca, la niña se suelta del brazo y corre al encuentro de esa mujer de negro. Se abrazan llorando las dos y la señora también llora al verlo. Al poco rato le digo que vaya junto a ellas y las abrace. Después preguntamos que qué relación tienen entre ellas y la señora de negro dice: “¡Es mi niña!”. Consideramos por tanto que es la madre. Preguntándola nos dice que había renunciado a creer en Dios porque se había llevado a su hija. Que llevaba mucho buscándola y que no había visto a nadie desde que llegó a ese lugar. A continuación se van con la señora de la experiencia tranquilamente, pero muy fuertemente unidas.

Más adelante llegamos a un parque. Cuando la niña ve a los niños jugando sale corriendo y se va con ellos. La señora de negro ha cambiado totalmente su mirada, ésta brilla de alegría.

Llamamos a un niño. Dice que debe tener unos cinco años, le digo que le coja en brazos, pero me dice que no puede con él porque es muy gordito. ¡Un pequeño detalle! que hace percibir la experiencia como

algo muy normal. Preguntamos al niño si conoce a Gloria y a Elena. Nos dice que Elena no está allí. Le digo que nos lleve a donde esté y salen caminando juntos el niño, la niña, la señora de negro (que creemos que es la madre) y la señora que está teniendo la experiencia.

Llegan a otro lugar parecido también a un parque. Allí los chicos son más mayores y dice la señora que percibe que allí hay más alegría aún que en el lugar en que encontramos a este niño. Preguntamos a un grupo de muchachos si conocen a Elena y a Gloria y nos dicen que a Elena sí. Uno de ellos (14 años) acompaña a la señora y la niña, la señora de negro y el niño se quedan. Ya no volvemos a verlos más.

En fin, Elena lleva o trae a Gloria (no recuerdo bien) y más tarde esta mujer conecta también con su hermano y su cuñada.

Cuando empecé a hacer “El vuelo de la mariposa”, Elena aparecía nueve de cada diez veces con el pelo cortado por la mitad del cuello, bastante por encima de los hombros. Así fue como se lo cortó después de su Primera Comunión. Tengo una foto en la cartera con ese corte de pelo. Cuando no venía así lo hacía con tirabuzones.

Un mes antes de marcharse le compramos un disfraz de dama colonial inglesa y llevaba esos tirabuzones como peluca. Con el tiempo ya aparece con el pelo de cualquier manera. Supongo que al principio quería convencerme a mí de la realidad del contacto, porque lo del pelo no lo sabía nadie previamente.

Todo esto se lo había contado a la madre y a la tía de Gloria, pero no a esta mujer y ellas tampoco le habían dicho nada. Pues bien, en un momento de la experiencia la tía preguntó a esta señora que cómo veía el pelo a Elena. Ella se señaló por el hombro, como no era el corte con el que solía aparecer no dimos más importancia al tema del pelo.

Al terminar la experiencia esta mujer me dijo: “José Luis, ¿puedes dejarme ver alguna foto de tu hija? Es que ahora mismo me lo creo, mañana comienzo a dudarlo y dentro de una semana creo que todo ha sido cosa de mi imaginación”. Como se había señalado el pelo por el hombro le traje un álbum en el que Elena tiene el pelo por el hombro. Cuando ve la primera fotografía dice que la carita sí parece, pero que no es así como la ha visto. Entonces empiezo a explicarle el tema del pelo de las primeras experiencias, mientras saco la cartera para mostrarle la forma en la que aparecía en aquel tiempo. No me deja terminar de decírselo porque al abrir la cartera y ver la foto, la señora exclamando dijo: “Así, así es como la he visto”. Se quedó helada. Le dijimos que es que se había señalado por el hombro y dijo que no, que era así como quería decir que la había visto.

Lo cierto es que aunque les cuente que al principio más de treinta personas veían a Elena con ese corte de pelo, no les sirve. Parece que tenemos que tener cada uno la “prueba”. Si no ésta, otra, pero una prueba personalmente.

Ahora viene lo mejor:

Unos días después, esta señora se fue de vacaciones a su pueblo. Cuando regresó a primeros de septiembre me llamó por teléfono y esto es lo que me contó:

“La casa de mi pueblo está en un extremo del mismo. De tal manera que cuando salgo a darme una vuelta por el campo lo hago por ese lado del pueblo, y hace años que no cambio de itinerario. Pero un día se me ocurrió salir a pasear por el lado opuesto. Cuando casi salía del pueblo vi de pronto la puerta que había visto en mi vuelo. Me sentí tremendamente impactada y temerosa. Como iba con otras vecinas no dije nada, pero cuando me quedé con una prima que le gustan ‘estas cosas’ le confesé lo que me había pasado y le conté la experiencia de ‘El vuelo…’.

“Yo no quería saber más pues tenía mucho temor, pero mi prima se las ingenió para que volviéramos por aquel mismo camino, pero que esta vez nos acompañaran mi madre y algunas mujeres mayores más.

Cuando pasábamos frente a la puerta mi prima preguntó si vivía allí alguna niña, y mi madre dijo que sí, pero que la pobrecita había muerto de tuberculosis y que tenía catorce años.

Me tuve que sentar porque me caía al suelo y las señoras se alarmaron pensando que me estaba dando un ataque. Cuando se me pasó, mi prima insistió describiendo a la niña tal como yo la había visto. ¡Efectivamente!, sus rasgos eran los que vi. Preguntó si se llamaba Mercedes. Dijeron que no, que se llamaba María… Pero que quien se llamaba Mercedes era su madrina. (La persona que acompaña al bebé en el bautismo). Y que entre ellas había una relación muy fuerte, más incluso que con la madre. Contaron que la madrina murió unos años después y que nunca se había quitado el luto”.

Al parecer la madre no vive ya en el pueblo y esta mujer -la que hizo “el vuelo de la mariposa”- no quiere investigar más.

Que la niña tuviera el aspecto de 9 años teniendo 14, se puede explicar por el estado de abandono que esta niña sentía tras su muerte. Que dijera llamarse Mercedes –un nombre que en el pueblo no se llama nadie más, sólo la madrina de la niña, según me contó-, se podría explicar porque la niña anhelaba la compañía de su madrina y después de 16 años que hacía que había fallecido podría muy bien equivocarse de nombre, ¿no os parece? En lo que sí que hay diferencia es en los años transcurridos desde el fallecimiento de estas dos personas. Durante la experiencia la madrina decía que llevaba como 30 años buscando a “su niña”. ¿Podemos explicar esta distorsión en la concepción del tiempo como consecuencia de la ansiedad por encontrar a la niña, y en el no−tiempo con que se experimenta la vida en ese plano. Además, como nos dijo, no había visto a nadie desde que estaba en ese lugar, por lo que la referencia del tiempo se desvirtuó sin duda. Aunque dedujimos que era la madre de la niña, ella en ningún momento nos contradijo. Quizá era la madre en realidad… Tantas cosas pasan… Pero lo que es cierto es que anímicamente esa mujer sentía a la niña como hija propia.

Unos doce años después, Marisa volvió por el cementerio y no encontraba la tumba de la niña. Preguntó por ella y le dijeron que habían puesto a la niña en la misma tumba que su madrina.

En fin, amigos, he creído interesante contaros esta experiencia porque es la primera vez que podemos comprobar, eso sí con algunos matices, que personas que hemos ayudado a llegar a la Luz han existido verdaderamente.

José Luis

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