Amor, Vida y Conciencia de Emilio Carrillo

Fragmento

EN EL CABO NORTE

Supongamos el caso de una familia residente en una ciudad española, por ejemplo Sevilla, compuesta por los padres y tres hijos, dos mujeres de 29 y 22 años y un chico de 25. Para el verano, los padres han planteado que, excepcionalmente y aprovechando las vacaciones, realicen los cinco un largo viaje que les permita compartir una bonita experiencia. El lugar propuesto es Noruega, concretamente la parte superior de su geografía y, en particular, los cabos Knivskjellodden y Norte, considerados los dos puntos más septentrionales de Europa.

Como el trayecto es largo, casi 10.000 kilómetros entre ida y vuelta, y hay mucho que ver y disfrutar, los padres han planificado una duración para la “excursión” de 31 días, la totalidad del mes de agosto. Los hijos lo acogen con entusiasmo, aunque la mayor, por motivos de trabajo, sólo podrá dedicar al viaje 15 días; y el hijo, que está preparando oposiciones, un máximo de tres semanas. “No hay problema”, dicen los padres: “Lo programamos con la agencia para hacer la ida juntos y que, después, cada cual retorne a casa cuando le convenga”.

El viaje de ida discurre de maravilla y los días en Noruega pasan
veloces. A las dos semanas, tal como estaba previsto antes del inicio, la hija mayor vuelve a Sevilla; y a los 20 días, es el hijo quien retorna al hogar.

Aquella tarde, la inmediata tras la partida del chico, la madre añoraba a ambos: “Siento mucho su ausencia. Tanto que creo que deberíamos haber regresado todos juntos”. “También yo los hecho mucho de menos”, respondió el padre, “pero estar aquí es una vivencia fantástica y merece la pena que le saquemos el máximo jugo, cada uno en función de sus necesidades y conveniencia. Tú, yo y, desde luego, nuestro hija (en referencia a la que permanecía con ellos), a la que esta vivencia le esta aportando mucho. No tenemos derecho a apurar la experiencia. Además, antes de que nos demos cuenta, volveremos a estar los cinco juntos en casa. El tiempo vuela. Y que son una o dos semanas sin ellos cuando tenemos toda la vida por delante”.

La hija reafirmó con la cabeza las palabras del padre y, como en esos días se hallaban alojados en un centro turístico del Cabo Norte, propuso que dieran un paseo hasta el cercano y espectacular acantilado, de 307 metros.

Una vez allí, los tres recordaron a los dos ausentes. Y contemplando la sublime belleza de aquel peculiar cielo norteño, con el Océano Atlántico a un lado y el Ártico al otro, comprendieron bien que no sólo no habían perdido a los dos miembros de la familia ausentes, pues ambos los esperaban en el hogar, sino que tampoco había realmente alejamiento: el Corazón los unía con ellos más allá de la distancia.

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